Marshall Berman, Brindis por la Modernidad

Todos los hombre y mujeres del mundo, comparten hoy una forma de experiencia vital -experiencia del espacio y del tiempo, del ser y de los otros, de las posibilidades y de los peligros de la vida -a la que llamaré modernidad. Ser modernos es encontrarnos en un medio ambiente que nos promete aventura, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros mismos y del mundo- y que al mismo tiempo amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, lo que somos. Los ambientes y las experiencias modernas cruzan todas las fronteras de la geografía y de la etnicidad, de las clases y la nacionalidad, de la religión y de la ideología: en este sentido, puede decirse que une a toda la humanidad. No obstante esta unión es paradójica, es una unión de la desunión:nos arroja a un remolino de desintegración y renovación perpetuas, de conflicto y contradicción, de ambigüedad y angustia. Ser moderno es parte de un universo en el que, como dijo Marx “”todo lo sólido se desvance en el aire”.
Quienes están en el centro del remolino, tienen el derecho a sentir que son los primeros y quizá los únicos que pasan por él; este sentimiento produjo numerosos mitos nostálgicos sobre el premoderno Paraíso Perdido. Sin embargo incontables personas lo padecen desde hace unos quinientos años. y pese a que es probable que muchas experimentaran la modernidad como una amenaza radical a su historia y a sus tradiciones, ella, en el curso de cinco siglos, desarrolló una historia fértil y una tradición propia. Mi intención es analizar y trazar esas tradiciones para entender el modo en que pueden alimentar y enriquecer nuesta propia modernidad, y en que forma oscurecen o empobrecen nuestra idea de lo que es y puede ser la modernidad.
El remolino de la vida moderna se alimenta de muchas fuentes: los grandes descubrimientos de las ciencias físicas que cambian nuestras imágenes del universo y nuestro lugar en él; la industralización de la produción, que transforma el conocimiento científico en tecnología, crea nuevos medios humanos y destruye los viejos, acelera el ritmo de la vida, genera nuevas formas de poder jurídico y lucha de clases, inmensos trastornos demográficos, que separa a millones de personas de sus ancestrales hábitats, arrojándolas violentamente por el mundo en busca de nuevas vidas; el rápido crecimiento urbano y con frecuencia cataclísmico; sistemas de comunicación masivos, dinámicos en su desarrollo, que envuelven y unen a las sociedades y las gentes más diversas; estados nacionales cada vez más poderosos, que se estructuran y operan burocráticamente y se esfuerzan constantemente por extender sus dominios; movimientos sociales masivos de la gente y de los pueblos que desafían a sus gobernantes políticos y económicos, intentando ganar algún control sobre sus vidas; y finalmente un mercado mundial capitalista siempre en desarrollo y drásticamente variable, que reúne a toda esa gente e instituciones.
A los procesos sociales que dan vida a ese remolino en el siglo XX y lo mantiene en un estado de conversión perpetua se los agrupó bajo el concepto de modernización. Estos procesos histórico-mundiales provocan una variedad sorprendente de visiones e ideas que tienen como finalidad hacer del hombre y la mujer tanto los sujetos como los objetos de la modernización. Darles el poder para cambiar el mundo que los está cambiando a ellos , permitirles entrar en el remolino y que lo hagan suyo. En el siglo pasado, estas visiones y valores se unieron libremente bajo el nombre de modernismo. este ensayo es un estudio de la dialéctica, de la modernización y el modernismo.
A la espera de un asidero en algo tan vasto como la historia de la modernidad, la dividí en tes fases. en la primera de ellas, la que va desde principios de siglo XVI a fines del siglo XVIII aproximadamente, la gente apenas experimentaba la vida moderna ; no entendía qué era lo que los afectaba. Andaban a tientas, desesperadamente, en busca de un vocabulario; tenían poca o ninguna idea de un público o de una comunidad modernos, con el que podían compatir sus desgracias y sus esperanzas. la segunda fase se inicia con la gran ola revolucionaria de la década de 1790. La Revolución Francesa y sus reverberaciones trajeron consigo, abrupta y dramáticamente, un gran público moderno. este público comparte la vida de un época revolucionaria que genera trastornos explosivos en todas los dimensiones de la vida personal, social política. Al mismo tiempo, el público moderno del siglo XIX, recuerda como es todavía la vida espiritual y material en un mundo que no es moderno. Las ideas de modernización surgen y se desarrollan a partir de esa dicotomía interna, esa sensación que proviene de vivir en dos mundos al mismo tiempo. En el siglo XX, la tercera y última fase, el proceso de modernización se expande para abarcar todo el mundo, y la cultura mundial del modernismo logra triunfos espectaculares en el arte y el pensamiento. Por otro lado a medida que el público moderno crece, se divide en multitud de fragmentos que hablan idiomas extraordinariamente privados; la idea de modermidad concebida de modo fragmentario, pierde gran parte de su vitalidad, resonancia y profundidad, y mucho de su capacidad para organizar y dar un sentido a la vida de la gente. Como consecuencia, ahora nos encontramos en el centro de un época moderna que perdió contacto con las raíces de su propia modernidad.
La arquetípica voz moderna de la primera fase de la modernidad, anterior a las revoluciones francesas y estadounidense, es la de Jean Jacques Rousseau. El es el primero en usar la palabra moderniste, en la forma en que se empleará después en los siglos XIX y XX, también es la fuente de algunas de nuestras tradiciones modernas más vitales, desde el ensueño nostálgico hasta el escrutinio psicoanalítico y la democracia participativa.
Como se sabe, Rousseau fue un hombre profundamente atormentado. Gran parte de su angustia venía de fuentes afines a su propia intensidad; pero también de su aguda respuesta a las condiciones sociales que habrían de conformar millones de vidas. Rousseau asombró a sus contemporáneos al proclamar que la sociedad europea estaba “al borde del abismo”, en el principio de cambios profundamentes revolucionarios. Para él, la vida diaria en esta sociedad – en particular en París, su capital- era un torbellino, le tourbillon social. ¿Cómo podría el hombre moverse y vivir en ese torbellino?.
En la novela romántica de Rousseau, La nueva Eloísa, su joven héroe Saint-Preux, hace un movimento exploratorio – arquetípico para millones de gentes en los siglos futuros- del campo a la ciudad. Escribe a su amada Julie desde el fondo del tourbillon social y trata de comunicarle su asombro y su terror.
Saint Preux experimenta la vida de la ciudad como ” un choque perfecto entre grupos y facciones, un permanente flujo y reflujo de prejuicios y opiniones. Toda la gente está en contradicción consigo misma”, y “todo es absurdo pero nada escandaliza, porque todos están acostumbrados a todo. En el mundo en el que “lo bueno, lo malo, lo hermoso, lo feo, la verdad, la virtud, , sólo tienen una existencia local y limitada”. Se ofrecen multitud de experiencias pero el que quiera disfrutarlas “debe ser más flexible que Alcibíades, estar preparados para intercambiar sus principos con la audiencia, para adaptar su espíritu a cada paso”.
“Después de algunos meses en este ambiente, empiezo a sentir la ebriedad en la que te sumerge esta agitada y tumultuosa vida. Toda esta multitud de objetos que pasa frente a mis ojos me marea. Entre todas las cosas que me sorprenden, no hay ninguna que me llegue al corazón, ; sin embargo todas juntas perturban mis sentimientos, me hacen olvidar lo que soy y a quien pertenezco”.
Saint Preux reafirma su compromiso con su primer amor , pero al mismo tiempo advierte que “hoy no sé lo que amaré mañana”. Desea desesperadamente algo sólido a que asirse, pero “sólo veo fantasmas que me sorprenden, en cuanto trato de alcanzaros desaparecen”. Esta atmósfera -de agiración y turbulencia, mareo y ebriedad, expansión de nuevas experiencias, destrucción de los límites morales y ataduras personales, fantasmas en la calle y en el alma – es la atmósfera en que nace la sensibilidad moderna.
Si nos adelantamos unos cien años o más y tratamos de identificar el timbre y el ritmo distintivos de la modernidad del siglo XIX, la primera cosa que notamos es el nuevo panorama, altamente diferenciado y dinámico, en el que se desarrolla la experiencia moderna. Es un paisaje de máquinas de vapor, fábricas automáticas, vías de tren, enormes zonas industriales; de ciudades hormigueantes que crecen durante la noche, a menudo con espantosas consecuencias humanas; de periódicos, telegramas, teléfonos y otros medios masivos que cada día comunican más; de poderosos estados nacionales y acumulaciones multinacionales de capital; de movimientos sociales masivos que luchan contra estas modernizaciones provenientes de arriba, con sus propias formas de modernización, desde abajo; de un mercado mundial siempre en aumento, que lo abarca todo , capaz del crecimiento más espectacualr, capaz de ahuyentar el desperdicio, la devastación, capaz de todo excepto de estabilidad y solidez. Todos los grandes modernistas del siglo XIX atacan con vehemencia este medio ambiente y se esfuerzan por destruirlo o hacerlo estallar desde dentro; no obstante, se sienten sumemente cómodos en él, atentos a sus posiblidades, afirmativos, incluso en sus negaciones más radicales, , juguetones e irónicos incluso en sus negaciones más radicales, juguetones e irónicos incluso en sus momentos más serios e intensos.
Para sentir la complejidad y riqueza del modernismo del S XIX y de las unidades que le infunden su diversidad, hay que escuchar brevemente a dos de sus voces más importantes; Niezsche a quien se lo considera por lo general, como una fuente importante del modernismo de nuestra época y a Marx, a quien rara vez se lo asocia con alguna especie de modernismo.
Este es Marx , hablando un extraño y poderoso inglés en Londres, , 1856. “Las llamadas revoluciones de 1848 no fueron sino pobres incidentes -comienza-, pequeñas fisuras y fracturas en la costra seca de la sociedad europea pero denunciaron el abismo. Debajo de la aparente superficie sólida, traicionaron océanos de materia líquida, que sólo necesitan expandirse para fragmentar continentes de roca dura”. Las clases gobernantes de la década reaccionaria de 1850 dicen al mundo que todo es sólido otra vez; pero no queda muy claro si siquiera ellos lo creen así. De hecho, dice Marx, “la atmósfera en la que vivimos peso sobre nosotros con una fuerza de 20.000 libras, pero ¿se siente acaso?”. Uno de los propósitos más apremiantes de Marx era que la gente “la sintiera”,´por esa razón expresa sus ideas mediante imágenes tan extrañas e intensas – abismos, temblores, erupciones volcánicas, una aplastante fuerza de gravedad -, imágenes que resonaran todavía muchas veces en nuestro propio arte y pensamiento modernistas. Prosigue Marx: ” Hay un gran hecho, característico de nuestro siglo XIX, que ningún partido se atreve a negar”. El hecho básico de la vida moderna, como lo experimenta Marx, es que la base de la vida es radicalmente contradictoria: “Por un lado, en la vida industrial y científica se ha iniciado una variedad de fuerzas, que ninguna época de la historia humana sospechó. Por el otro, hay síntomas de decadencia que rebasan con mucho los horrores de los últimos tiempos del Imperio Romano. En nuestros días todo parece estar impregnado de su contrario. A la maquinaria que tiene el maravilloso poder de acortar y fructificar la labor humana, la mantenemos hambrienta y con exceso de trabajo. Las novedosas fuentes de riqueza se convierten en fuentes de deseo mediante un extraño hechizo. Las victorias del arte parecen comprarse con la pérdida del carácter. Al mismo tiempo que los amos dominan la naturaleza. El hombre parece estar encadenado a otros hombres o a su propia infamia. Inclusive la luz pura de la ciencia parece incapaz de brillar en otra parte que no sea el fondo oscuro de ignorancia. Pareciera que al finalidad de nuestros inventos y progresos es dar vida intelectual a las fuerzas materiales y reducir la vida humana una fuerza material”.
Estas miserias y misterios llenan de desesperación a muchos modernos. Algunos se “liberan de las artes modernas con el fin de eliminar los conflictos modernos”; otros intentarán equilibrar el progreso de la industria con una regresión neofeudal, o neoabsolutista de la política. Sin embargo, Marx proclama una fé paradigmáticamente modernista: “Por nuestra parte no confundimos el espíritu astuto que marca todavía todas esas contradcciones. Sabemos que para trabajar bien…las nuevas fuerzas de la sociedad quieren ser dominadas por nuevos hombres – y eso es lo que son los trabajadores. Son una invención de los tiempos modernos, tanto como la maquinaria misma”. Así, una clase de “hombres nuevos”, hombre totalmente modernos, será capaz de resolver las contradicciones de la modernidad, de superar las aplastantes presiones, sacudidas, hechizos malignos, abismos personales y sociales en cuyo centro están obligados a vivir todos los hombres y mujeres modernos. Después de esta afirmación Marx se vuelve abruptamente juguetón y relaciona su visión de futuro con el pasado – con el folklore inglés, con Shakespeare : “En los signos que aturden a la clase media, la aristocracia y los profetas pobres de la regresión, reconocemos a nuestro valiente amigo Robin Goodfellow, el viejo topo capaz de escarbar la tierra con gran rapidez, ese valioso pionero – la Revolución-”.
Los escritos de Marx son famosos por sus finales. Pero si lo vemos como a un modernista, notaremos el movimeinto dialéctico que subyace y anima su pensamiento, un movimeinto dialéctico que fluye contra la corriente de sus propios conceptos y deseos. Así, en el Manifiesto comunista, vemos que el dinamismo revolucionario que ha de derribar a la burguesía moderna surge de los impulsos y necesidades más profundos de la propia burguesía: “La burguesía no puede existir sin revolucionar constantemente las herramientas de producción, y con ellas las relaciones de producción, y después todas las relaciones de la sociedad…La alteración constante de la producción, el desorden ininterrumpido de todas las relaciones sociales, la agitación e incertidumbres permanentes, distinguen a la época burguesa de las anteriores”.
Esta es probablemente la visión definitiva del medio ambiente moderno, el que desde la época de Marx hasta nuestros días engendró una sorprendente plenitud de movimientos modernistas.
La visión se desarrolla:”Todas la relaciones fijas, estancadas, con su antigua y venerable sucesión de prejuicios y opiniones, se desechan, y todas las recién formadas pierdan actualidad antes de cosificarse. Todo lo que es sólido se evapora en el aire,todo lo que es sagrado se profana, y los hombre al final, tienen que enfrentarse a …las condiciones reales de sus vidas y sus relaciones con sus semejantes.”
Así, el movimiento dialéctico de la modernidad se vuelve, irónicamente, en contra de su primer promotor la burguesía. Peo no se detiene ahí: al final todos los movimientos modernos están encerrados en ese ambiente – incluyendo el de Marx-.
Supongamos, como lo hace Marx, que las formas burguesas se descomponen, y que en el poder se agita un movimiento comunista: ¿Qué evitará que esta nueva forma social comparta el destino con su predecesor y se evapore en el aire moderno? Marx comprendió la cuestión y sugirió algunas respuestas: Una de las virtudes distintivas del modernismo es que sus preguntas quedan en el aire mucho tiempo después de que las mismas preguntas y sus respuestas abandonan la escena.
Si nos adelantamos un cuarto de siglo, , hasta Niesztche, en la década de 1890, encontraremos prejuicios, alianzas y esperanzas diferentes, aunque con uan voz y un sentimiento similares hacia la vida moderna. Para Nieszche como para Marx, las corrientes de la historia moderna eran irónicas y dialécticas, : de este modo los ideales cristianos, de la integridad del alma y la voluntad de verdad reventaron al crisitianismo. El resultado de la que Nieszche llamó “la muerte de Dios” y “la llegada del nihilismo”. La humanidad moderna se encontró en el medio de una gran ausencia, un vacío de valores y sin embargo al mismo tiempo con una abundancia de posibilidades. En Más allá del bien y del mal (1882) encontramos un mundo en el que todo está impregnado de su contrario: “En estos puntos cruciales de la historia, se encuentran yuxtapuestos y confundidos entre sí una especie de ritmo magnífico, múltiple de rivalidad con el desarrollo, y una destrucción y autodestrucción enormes, debidas a egoísmos violentamente opuestos entre sí, que estallan , luchan por el sol y la luz, incapaces de encontrar cualquier tipo de limitación, de control, de consideración dentro de la moral, que tienen a su disposición… Nada “sin motivos”, ya no más fórmulas comunes: una nueva alianza de malas interpretaciones, y falta de respeto mutuos:decadencia, vicios y los deseos má supremos burdamente unidos entre sí, el genio de la raza fluyendo sobre las cornucopias del bien, y el mal: una simultaneidad falta de primavera y otoño…Una vez más está el peligro, madre de la moral -un gran peligro- pero que se desplaza hacia el individuo, hacia lo más cercano y lo más querido, hacia la calle, hacia nuestros propios hijos, nuestro corazón, nuestros rincones interiores más secretos, del deseo y la voluntad.”
En tiempos como estos, “el individuo se atreve a individualizarse”. Por otro lado, este individuo necesita desesperadamente de sus propioas leyes, de habilidad y astucia para conservarse, exaltarse, desespertar, liberarse. Las posibilidades son grandiosas y aciagas a un tiempo. “Nuestros instintos pueden dirigirse ahora en cualquier dirección: nosotros mismo somos una especie de caos.” La idea que tiene el hombre moderno de sí mismo y de su historia “significa realmente un instinto para todo, un gusto y una lengua para todo”.
Desde esta perspectiva se abren muchos caminos. ¿Cómo harán los hombres y mujeres modernos para encontrar los recursos adecuados con los cuales enfrentarse a su “todo”? Nietzche observa que ya hay bastantes pusilánimes cuya solución al caos de la vida moderna es dejar vivir: para ellos “ser mediocres en la única moral que tiene sentido”.
Hay otro tipo de individuo moderno que se entrega a la parodia del pasado: “necesita la historia porque ella es el almacén donde se guardan todos los trajes, se da cuenta de que ninguno le queda a la medida” – ni el primitivo ni el clásico, ni el medieval, ni el oriental -, de modo que se prueba más y más”, incapaz de aceptar que un hombre moderno “nunca puede verse realmente bien vestido”, porque ningún papel social de los tiempos modernos podrá justar nunca a la perfección. La posición de Nietszche hacia los peligros de la modernidad es aceptarlos con entusiasmo: “Nosotros los modernos, nosotros los semibárbaros. estamos en medio de la gloria sólo cuando estamos más cerca del peligro. El único estímulos que nos agrada es lo infinito, lo inconmensurable.” Sin embargo Nietzsche no quería vivir permanentemente rodeado de ese peligro. Tiene tanta fé en una nueva clase de hombre como Marx -”El hombre del mañana y del pasado mañana”- quien oponiéndose a su presente”, tendrá el coraje y la imaginación para “crer nuevos valores ” que el hombre y la mujer modernos necesitan para giar sus pasos por los peligros infinitos en que viven.
Lo sobresaliente de esa voz que comparten Marx y Nietszche no es solamente su prisa, su vibrante energía, su riqueza imaginativa, sino también sus rápidos y drásticos cambios en el tono y la inflexión. Una rapidez que se vuelca sobre la voz misma y niega de pronto todo lo que ha dicho, transformándolo en una gran variedad de voces armónicas, disonantes; voces que se extienden más allá de sus capacidades, en una diversidad interminable y que expresan y comprenden un mundo en el que todo está impregnado de su contrario y en el que “todo lo sólido se evapora en el aire”.
Esta voz resuena al mismo tiempo con conocimento, burla, complacencia, y desconfianza de si misma. Es una voz que conoce el dolor y el miedo, pero cree en su poder para vencerlos. En todas partes hay graves peligros que pueden atacar en cualquier momento, pero ni siquiera las heridas más profundas pueden detener el flujo y reflujo de energía. Resulta irónico y contradictorio, polifónico y dialéctico, denunciar a la vida moderna en nombre de los valores que la modernidad misma ha creado, esperando a menudo contra la esperanza -, que las modernidades de mañana y de pasado mañana restañen las heridas del hombre y la mujer modernos de hoy. Todos los grandes modernistas del S XIX – espíritus tan diversos como Marx y Kierkeggaard, Whitman e Ibsen, Baudelaire, Melville, Carlyle, Stirner, Rimbaud, Strindberg, Dostoievski y muchos más- hablan en ese ritmo y esa intensidad.
¿Qué fué del modernismo del S XIX en el S XX? de alguna manera prosperó y creció más allá de sus más desenfrenadas esperanzas. En la pintura y la escultura, la poesía y a novela, , el teatro y la danza, la arquitectura y el diseño, en el conjunto completo de los medios electrónicos y en una amplia variedad de disciplinas científicas, que ni siquiera existían hace 100 años, nuestro siglo ha producido una plenitud sorprendente de trabajos e ideas de la más alta calidad.
El SXX puede muy bien ser el más luminosamente creativo en la historia del mundo, no sólo porque sus energías creativas se revelaron en todas partes del mundo. El brillo y la profundidad del modernismo actual -que vive en la obras de Grass, García Márquez, Fuentes, Cunningham, , Nevelson, Di Suvero, Kenzo Tange, Fassbinder, Herzog, Sembene, Robert Wilson, Philip Glass, Richard Foreman, Twayla Tharp, Maxine Hong Kinsgston y muchos más que nos rodean-nos dan mucho de que estar orgullosos, en un mundo en el que hay también mucho de que avergonzarse y atemorizarse. Aún así, me parece que no sabemos usar nuestro modernismo,hemos perdido o roto la relación entre nuestra cultura y nustras vidas. Jackson Pollock imaginó sus pinturas goteadas como bosques en los que los espectadores podrían perderse (y por supuesto encontrarse); pero hemos perdido principalmente el arte de integrarnos a la pintura, de reconocernos como participantes y protagonistas del arte y el pesamento de nuestra época. Nuestro siglo produjo un arte moderno espectacular, pero pareciera que hemos olvidado cómo comprender la vida moderna generadora de ese arte. El pensamiento moderno desde Marx y Niezsche se desarrolló de muchas maneras, pero nuestra concepción de la modernidad parece haberse estancado y retrocedido.
Si escuchamos con atención las opiniones de los escritores y pensadores del siglo XX sobre la modernidad y las comparamos con las de hace un siglo, encontraremos una simplificación radical de la perspectiva, y una reducción de la variedad imaginativa.
Nuestros pensadores de siglo XIX eran tanto entusiastas como enemigos de la vida moderna, y lucharon exhaustivamente con sus ambigüedades y contradicciones; sus autoparodias y tensiones interiores eran algunas de las fuentes prinipales de su poder creativo. Sus sucesores del siglo XX hacen polarizaciones más rígidas y generalizaciones categóricas. Se considera a la modernidad con un entusiamo ciego y acrítico, o se la condena con una lejanía y un desprecio olímpicos: en cuaquier caso, se concibe como un monolito cerrado, incapaz de ser moldeado o transformado por el hombre moderno. Las visiones abiertas de la vida moderna fueron suplantadas por visiones cerradas.
Las polarizaciones básicas se realizaron a principios de nuestro siglo. Aquí están los futuristas italianos, partidarios apasionados de la modernidad en los años previos a la primera guerra mundial: “Camaradas, el progreso triunfal de la ciencia vuelve inevitables los cambios en la humanidad que abren un abismo entre estos dóciles esclavos de la tradición y nosotros, los modernos libres que confiamos en el radiante esplendor de nuestro futuro”.No hay ambigüedad en esto, “la tradición” -todas las tradicioens del mundo juntas- equivale simplemente a una esclavitud dócil y la modernidad equivale a la libertad, , no hay cabos sueltos. “¡Tomen su piquetas, hachas y martillos y destruyan, destrocen la ciudades venerables sin piedad!, ¡Adelante, prendan fuego a los estantes de las bibliotecas! ¡Desvíen las aguas de los canales para inundar los museos!…¡Déjenlos llegar, los felices incendiarios con los dedos carbonizados! ¡Aquí están! ¡Aquí están!”. Marx y Nietzsche también podrían regocijarse con la destrucción moderna de las estructuras tradicionales; pero sabían cuál era el costo humano de este progreso, y que la modernidad tendría que andar un buen trecho antes de que sanaran sus heridas.
Fragmento de la publicación en revista mexicana Nexus, número 89, mayo de 1985.

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~ por normizen en 2 mayo 2009.

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